El Maracanazo, una herida que ardió durante décadas en el alma de Brasil

Río de Janeiro, 14 Jul 2020 (AFP) – Cuenta Pelé que cuando Uruguay marcó el gol de la victoria en el Mundial de 1950 contra Brasil, su padre rompió a llorar y que él le prometió, con apenas 9 años, que ganaría un Mundial para compensarle.

El 16 de julio de 1950, Uruguay logró su segunda Copa del Mundo de fútbol tras remontarle a Brasil por 1-2, con goles en el tramo final de Schiaffino y Ghiggia, en Maracaná, el gigantesco estadio de Rio de Janeiro especialmente construido para ese torneo.

El ‘Maracanazo’ tuvo de lejos una repercusión mayor que otros sinsabores futbolísticos, como la derrota de Brasil en la final del Mundial-1998 frente a Francia o el 7-1 que Alemania le propinó en Belo Horizonte en la semifinal del Mundial-2014.

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Para el sociólogo Fernando George Helal, profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), el «trauma» se explica en gran medida porque Brasil era, en 1950, un país que buscaba situarse en el mundo, en un momento de consolidación del Estado-nación.

El resultado de ese partido se viviría entonces como «la victoria o la derrota de un proyecto de la nación brasileña», fundado en el relato de un país de armonía racial, unido en torno a la pelota, dijo Helal en una entrevista con la AFP.

«Hasta la década de 1930, no había en Brasil una idea de lo que era la nación brasileña» y esta noción fue elaborada en gran medida por el sociólogo Gilberto Freyre, quien en su obra «Casa-gande & Senzala», de 1933, «trae el mestizaje como un atributo del valor positivo» y que, según autores posteriores, encontraba un claro exponente en los botines de fútbol.

Esa idealización ya había sido cuestionada en 1950 por el Proyecto Unesco, que pretendía entender cómo funcionaba una «democracia racial, sin segregación sistemática como ocurría en Estados Unidos o Sudáfrica».

Pero «descubrimos que sí había racismo, que era un racismo velado, con la cuestión de la pobreza».

– Barbosa, pena sin fin –

Para la opinión pública nacional, el gran culpable del Maracanazo fue el portero negro Moacir Barbosa. Ese ensañamiento fue creciendo con los años y pesó sobre el propio jugador, pese a que siguió actuando en grandes clubes.

«La pena máxima [de cárcel en Brasil] es de 30 años, pero yo ya llevo 40 pagando» por esa derrota, dijo Barbosa en los años 90.

Para Helal, el trauma se arrastró hasta que Brasil conquistó el tricampeonato, en México-1970, que fue vivido «como una victoria de la nación brasileña».

Y con el paso del tiempo, la sociedad brasileña entendió que «los partidos de la selección son victorias o derrotas deportivas», incluido el 7-1 de 2014 en casa.

«En 1950 fue una tragedia; en 2014, un vejamen que se convirtió en meme, porque la gente ya no le dio tanta importancia», dijo Helal, para quien eso muestra «una mayor madurez de la sociedad».

Además, los hinchas tienden a identificarse más con sus clubes que con el equipo nacional, opina.

«Yo soy del Flamengo, Y si me preguntan si prefiero que Flamengo gane la Libertadores (ndlr: es el actual campeón) o la Seleción la Copa del Mundo, respondo sin titubear: perfiero que Flamengo gane la Libertadores», confiesa .

En cuanto a Pelé, pudo cumplir rápidamente la promesa que le hizo a su padre. Apenas ocho años más tarde, el joven prodigio se proclamó Rey en el Mundial de Suecia-1958, ofreciendo a la Canarinha el primero de los cinco trofeos conquistados hasta ahora.

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